martes, 23 de abril de 2013

El estudiante, el pez y Agassiz

Aquí comparto una lectura de mi primer año de la universidad. Este artículo no es mio, sino una copia de una reflexion de un estudiante en 1880.



Contado por el estudiante:
Hace más de quince años entré en el laboratorio del profesor Agassiz y le dije que me había apuntado en la escuela científica como estudiante de historia natural. Él me hizo algunas preguntas sobre el propósito que tenía para ir allí, mis antecedentes en general la manera en que pensaba usar luego los conocimientos que adquiriese y, finalmente, si deseaba estudiar alguna rama de la materia en particular. A esto último respondí que, aunque quería tener una buena base en todos los departamentos de la zoología, mi intención era dedicarme especialmente a los insectos.

-¿Cuándo quiere usted comenzar? -me preguntó entonces.


- "Ahora mismo" -contesté yo.

Aquello pareció agradarle, y con un vigoroso “Muy bien” tomó de un estante un enorme tarro de especímenes en alcohol amarillo.



-Tenga este pez y obsérvelo-me dijo-. Nosotros lo llamamos haemulon. De vez en cuando le preguntaré como es. Dicho esto se fue, pero enseguida volvió con instrucciones precisas en cuanto al cuidado del objeto que se me había encomendado.



-"Ningún hombre puede ser naturalista" –expresó- "si no sabe cuidar los especímenes".

Me ordenó que mantuviera al pez delante de mí en una bandeja de hojalata, y que de vez en cuando humedeciera su superficie con alcohol procedente del tarro, cuidando siempre de volver a poner el tapón en su lugar ajustadamente.
En aquellos días no había tapones de vidrio esmerilado, ni frascos de exposición con formas elegantes. Cualquier estudiante antiguo recordará los enormes bocales de cristal con sus corchos embadurnados de cera que se salían y estaban medio comidos por los insectos y sucios con el polvo de la bodega. La entomología era una ciencia mas limpia que la ictiología, pero el ejemplo del profesor, que había sumergido la mano sin dudarlo hasta el fondo del tarro para sacar el pez, era contagioso, y aunque ese alcohol tenía “un olor muy rancio y a pescado,” no me atreví a mostrar ninguna aversión al mismo dentro de aquel sagrado recinto y lo traté como si fuese agua pura. Aun así, experimente un sentimiento pasajero de decepción, ya que el mirar fijamente a un pez no resultaba interesante para un ferviente entomólogo. También mis amigos, en casa, se sintieron molestos al descubrir que por mucha cantidad de colonia no lograba ahogar el perfume que me perseguía como una sombra.
En un plazo de diez minutos ya había yo visto cuanto podía observarse en aquel pez, y partí en busca del profesor, quien, sin embargo, había abandonado el museo. Cuando volví, después de entretenerme con algunos de los extraños animales almacenados en el departamento superior, mi espécimen estaba completamente seco. Arrojé el fluido sobre el pez, como si quisiese resucitarlo de un desvanecimiento, y esperé con ansiedad a que recuperara su empapada apariencia.Pasado aquel momento ligeramente excitante, no me quedaba sino volver a una perseverante contemplación de mi mudo compañero.
Pasó media hora... luego una... y otra... Aquel pez empezó a parecerme repugnante. Le di la vuelta una y otra vez. Lo mire a la cara-¡horrible!-. Por detrás... por debajo... desde arriba... de lado... de medio lado – seguía siendo horrible-. Estaba desesperado.
Siendo aún temprano decidí que necesitaba almorzar, de modo que con infinito alivio volví a meter el pez en su tarro y disfruté de una hora de libertad. Al volver supe que el profesor Agassiz había estado en el museo, pero se había ido y no regresaría hasta pasadas varias horas. Mis compañeros estaban demasiado ocupados para que los molestase con una continua conversación. Poco a poco volví a sacar aquel repugnante pez y me puse a mirarlo de nuevo con un sentimiento de desesperación. No podía utilizar lupa; todo tipo de instrumentos estaban prohibidos. Sólo mis dos manos, mis dos ojos y el pez. Parecía un campo de lo más limitado. Metí mi dedo por su garganta para comprobar lo afilados que estaban sus dientes y empecé a contarle las escamas que tenia en las distintas filas hasta convencerme de que aquello era una estupidez. Por último tuve una idea feliz: dibujaría el pez, y con sorpresa comencé a descubrir nuevas características de aquella criatura. En ese mismo instante volvió el profesor.
-Muy bien, un lápiz constituye uno de los mejores ojos -expresó. Me alegra también ver que mantiene mojado su espécimen y el tarro cerrado.

Y tras aquellas alentadoras palabras, añadió:


-Bueno, ¿cómo es?

Luego escuchó atentamente mi breve recapitulación de la estructura de partes cuyos nombres aún desconocía: la agalla bordeada –arcos y opérculo móvil-, los poros de la cabeza, unos labios carnosos y ojos sin párpados; la franja lateral; la aleta espinosa y la cola hendida; el cuerpo arqueado y comprimido... Cuando hube terminado, él se quedó aguardando como si esperase más, y luego añadió con aire decepcionado:
-No ha mirado usted muy cuidadosamente -dijo.
Y luego en tono más serio añadió -¡Pero si ha pasado por alto una de las características más notorias del animal, y tan claramente delante de sus ojos como el pez mismo! ¡Mire otra vez... mire otra vez...! Y me dejó a mi desdicha.
Me sentía enojado, mortificado... ¡Otra vez a contemplar aquel pez detestable! Pero ahora me puse a trabajar con empeño y fui descubriendo una cosa tras otra, hasta que vi lo justa que había sido la crítica del profesor. La tarde pasó rápidamente y cuando, al caer la misma, Agassiz preguntó: “¿No lo ve todavía?” Le respondí:
-No, estoy seguro de que no, pero sí veo lo poco que había observando antes.
-Esa es la segunda cosa importante-expresó con la mayor seriedad- pero no puedo escucharle ahora. Guarde el pez y váyase a casa, tal vez tenga una mejor respuesta preparada por la mañana. Le examinaré antes de que mire el pez.
Aquello era desconcertante: no sólo debía pensar en mi pez toda la noche, investigando, sin el objeto delante, cual seria aquella tan visible pero desconocida característica, sino que también, al día siguiente, antes de repasar mis nuevos descubrimientos tenía que hacer un relato exacto de los mismos. Y puesto que mi memoria era mala, anduve hasta casa por la orilla del río Charles en un estado de aturdimiento y acompañado de mi doble perplejidad.
El saludo cordial que me dio el profesor a la mañana siguiente fue tranquilizador. Allí estaba un hombre que parecía sentirse tan ansioso como yo de que pudiera ver por mí mismo lo que él veía.
-¿Se refiere usted tal vez –pregunté—a que el pez tiene lados simétricos con órganos parejos?
Dijo:“¡Naturalmente,naturalmente!"alborozado, lo que dijo compensó las horas pasadas en vela la noche anterior. Después de que él hubiera disertado con la mayor felicidad y entusiasmo –como hacía siempre—sobre la importancia de este punto, me aventuré a preguntarle qué debía hacer a continuación.

-¡Ah, siga mirando el pez! –expresó; y volvió a dejarme a mis propios recursos.


Poco más de una hora después se hallaba de vuelta y escuchó mi nuevo catálogo.

-¡Muy bien, muy bien! –dijo-, pero eso no es todo.

Así, durante tres largos días colocó aquel pez delante de mis ojos prohibiéndome que mirase a ninguna otra cosa o utilizara ayuda artificial alguna. Su amonestación reiterada era: “¡Mire, mire, mire...!”