sábado, 13 de septiembre de 2008

El evangelio de prosperidad

De vez en cuando alguien me pregunta acerca de la “doctrina de prosperidad”. Primero, quiero afirmar que si servimos a Dios nos va bien en la vida. No importa si tenemos bienes o no. Lo importante en la vida es tener a Dios y todo lo demás sale sobrando. Esto es lo que dijo Jesús en Mateo 6:33 NVI, “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” Pablo también habla en el mismo sentido cuando dice, “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8:28 NVI).

Tenemos que mantener en mente que la meta no es “prosperidad”, sino de conocer a Cristo. Fíjense bien en la siguiente cita.

“Supongamos, hermanos, que un hombre le haga un anillo a su prometida, y ella le tenga más amor al anillo que al prometido que lo hizo para ella (…) Ciertamente, está bien que ame su regalo, pero y si dijera: “me basta con el anillo. No le quiero volver la cara a él”, ¿qué diríamos de ella? (…) Su prometido le ha entregado aquella prenda, para que ella lo ame a él en esa misma prenda. Así, Dios les ha dado a ustedes todas estas cosas. Ámenlo a Él, que fue quien las hizo (Brown, Augustine of Hippo, p. 326, (tratado sobre la epístola de Juan 2:11), citado por John Piper en El legado de gozo soberano, Unilit).”


Agustín de Hipona (354 a 430 DC) es uno de los más grandes pensadores cristianos. Fue pastor o obispo en el norte de Africa.