martes, 2 de diciembre de 2008

Alabanza

Los comunicadores postmodernos han descubierto que la gente participa y gozan más cuando ellos son los protagonistas. Si esto es el fundamento para el culto andamos bien perdidos porque esto nos pone a nosotros en el centro del culto y desplaza a Dios. En cierta manera esto es un reflejo de la caída en Génesis 3 donde el hombre quiere ser autónomo.

Si cuento a Dios lo que Él ha hecho estoy alabándole a Él, pero si cuento lo que yo estoy haciendo estoy alabándome a mí mismo. En consecuencia si digo que estoy “buscando a Dios”, haciendo cosas para que me bendiga,… estoy presentándome a Dios con mis logros para que me haga caso y no por lo que Él ha hecho.

Hace años me di cuenta de este problema cuando tome la hoja de canto y subraye cuando hablaba acerca de Dios y puse un círculo cada vez que hablaba de nosotros los hombres. Descubrí que cantábamos más acerca de nosotros que de Dios. Creo que hemos invertido el culto donde nos centramos en nosotros mismos y no en Dios.

Ya pensamos que con la sola intención de alabar a Dios somos aceptados por él. No tenemos una necesidad de conocerle. Podemos pedirle lo que queramos, y él lo hará. No necesitamos comprender lo que ha hecho en la creación, la caída, y la cruz. Con la sola intención (voluntad de Poder -- Nietzsche) estamos bien para con Dios. Si declaramos nuestras “buenas intenciones” estamos bien en nuestra relación con Dios. La “oración” toma el lugar de la Biblia y no necesitamos estudiarla. Pensamos que nuestro “sacrificio de alabanza” basta para estar bien en nuestra relación con Dios. Marginamos la necesidad de una comprensión de la cruz y la resurrección, de la caída y el pecado, del plan y la consumación de Dios.

Todo esto contrasta con la tarea del ministerio de capacitar a los santos (Efesios 4:11-13). Con 2 Timoteo 2:2 donde la meta que Pablo da a Timoteo es formar hombres fieles para que sean capaces de ser maestros.

Ya tenemos un culto sin Cristo y sin una Biblia. Hemos cambiado la meta del culto de conocer a Dios a expresar nuestros sentimientos. Hemos aceptado la propuesta de Kant de que la religión es una cosa del sentir y no de conocimiento. Hemos abandonado la revelación de Dios.